Supercampo

Twitter

Facebook

G Plus

Suscribite

29/05/2016

Hormonas en los pollos: ¿mito o realidad?

La creencia popular está extendida, pero desde las empresas procesadoras lo desmienten, explican de dónde surgió y ofrecen una explicación científica.
Avicultura argentina.

El pollo de hoy en día tiene un período de crianza muy corto, de alrededor de 50 días, logrando un crecimiento superior a los 50 gramos diarios, con un peso promedio a la faena de 2.600 gramos y un consumo de alimento aproximado de 5.200 gramos.

Estos resultados son el fruto de un intenso programa de selección aplicado por las líneas genéticas a sus pies de cría y a sus abuelos, para obtener líneas de reproductores capaces de transferirles a su descendencia, los pollos parrilleros, ese extraordinario “vigor híbrido”.

También es necesaria una nutrición adecuada, que les permita expresar todo este potencial genético; una eficaz medicina preventiva; y una exigente bioseguridad a fin de prevenir enfermedades infecciosas y parasitarias. No menos importante es el esmerado cuidado de las condiciones medio ambientales y el uso de los implementos adecuados, así como el correcto y cuidadoso manejo al que son sometidos los pollos durante estos escasos 50 días de crianza.

La hormona de crecimiento del pollo es específica, producida por el propio pollo: sólo puede hacer crecer a los pollos y no tiene ningún efecto sobre el ser humano ni sobre ninguna otra especie. Las otras hormonas de las que tanto los profesionales como la gente sospecha son los estrógenos o cualquier otra que pueda afectar el normal desarrollo sexual.

El mito

Existe un mito arraigado en el acerbo popular respecto del uso de hormonas en la producción avícola. Suponemos que el origen del mito de las hormonas y el pollo está relacionado con un hecho ocurrido en la década del 50, diez años antes del comienzo de la avicultura industrial.

En aquellos años se usó en Europa un estrógeno sintético denominado DES, cuya finalidad era “caponizar” (castrar) hormonalmente los pollos machos para obtener un mayor engorde y una carne más tierna (a las hembras se las destinaba a producir huevos).

Este estrógeno sintético se aplicó en varias especies, y en avicultura se utilizó en gallitos de más de cien días de edad, que en aquel tiempo y a esa edad no pesaban más de 1,700 kg.

Fue una alternativa a la castración quirúrgica que se efectuaba ocasionalmente para lograr aves de 3 kg. en 6 meses y carne relativamente tierna.

Se lo aplicaba como un implante en el cogote y la ingestión de los mismos con residuos de esta hormona sintética dio origen a un caso aislado de ginecomastia que tuvo difusión en textos de medicina.

Aunque ocurrió hace más de 50 años, la historia se popularizó y aflora esporádicamente, basada principalmente en el desconocimiento de cómo se crían, alimentan y qué base genética tienen los pollos hoy.

No se suministran hormonas. El pollo es un animal muy joven que presenta, durante todo su período de crianza, una extraordinaria capacidad de crecimiento. Debido a la edad en la que se faenan los pollos es fisiológicamente imposible que tengan respuesta a la aplicación de hormonas.

Breve explicación científica

La explicación a esta falta de respuesta es muy sencilla. Está demostrado que el mecanismo de acción de los anabólicos hormonales es indirecto, es decir, actúan sobre el “eje somatotrópico del crecimiento”. Lo hacen estimulando los núcleos hipotalámicos encargados de elaborar y secretar el factor de liberación de somatotropina (GHRF), lo que a su vez desencadena la liberación de hormona de crecimiento (STH) por parte de la adenohipófisis. Este aumento de somatotropina circulante estimula la adenilciclasa a nivel de la membrana celular de los hepatocitos, con la consecuente transformación de ATP en AMPcíclico, lo que induce la expresión del gen IGFI, con el consecuente aumento de la producción e increción a la circulación periférica de somatomedinas (IGFI e IGFII) así como la de sus respectivas proteínas plasmáticas transportadoras (IGFBP). Estas somatomedinas circulantes son las responsables de los efectos sistémicos de la STH (Control endocrino del crecimiento). La STH también incrementa la producción local de IFGI y la expresión de los receptores IGFIR en diversos tejidos (óseo, muscular y adiposo), responsables del control paracrino o autocrino del crecimiento.

Ya que se trata de un animal muy joven, el pollo presenta durante todo su período de crianza un “eje somatotrópico del crecimiento” trabajando naturalmente a pleno, con niveles muy altos de somatotropina y somatomedinas circulantes así como de expresión de receptores IGFRI en los tejidos periféricos. Esto torna prácticamente imposible lograr una respuesta, tratando de estimular iatrogénicamente un sistema que se encuentra trabajando a su máximo potencial.

 

Así, los consumidores sólo deben preocuparse porque los pollos tengan la identificación del productor responsable y el número oficial de habilitación del establecimiento por Senasa, información que encontrará en la bolsa que lo contiene, ya que desde la industria niegan la aplicación de anábólicos de ningún tipo.

FUENTE: CEPA – Centro de Empresas Procesadoras Avícolas

Archivado en: , , ,

 

 

3 pensamientos en “Hormonas en los pollos: ¿mito o realidad?”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *